En el centro invisible de la fravedad
caen los sueños sin hacer ruido,
como hojas que olvidaron
a qué árbol pertenecían.
La fravedad no pesa,
pero inclina el alma,
la empuja suavemente
hacia preguntas sin suelo.
Allí flotan los recuerdos
que nunca ocurrieron,
y los latidos dudan
si seguir siendo tiempo.
He visto cuerpos rendirse
no al peso, sino al eco
de aquello que los llama
desde adentro del silencio.
Quizás la fravedad sea eso:
una fuerza sin nombre
que no nos ata a la tierra,
sino a lo