Pero en ese proceso ocurre algo sutil: cuanto más detallada es la explicación, más se aleja la persona de la experiencia original. La piedra ya no brilla igual. El musgo deja de ser una textura viva y se convierte en un objeto de estudio. La emoción queda encapsulada en términos técnicos, como si hubiera que justificarla para que sea válida.