Me esperaban, evidentemente, ya que cuando me acerqué a la puerta me encontré con una mujer mayor de aspecto alegre, vestida con el traje habitual de campesina: enaguas blancas con un largo delantal doble por delante y por detrás de tela de color, tan ceñido que casi parecía demasiado sugerente. Cuando llegué hasta ella, hizo una reverencia y me dijo:
—¿El Herr inglés?
—Sí —dije—. Jonathan Harker.
Sonrió, y dio algún recado a un anciano de camisa blanca que la había seguido hasta la puerta.