«Debo de haber muerto», pensó la mujer.
Estaba flotando a la deriva por encima de los chapiteles de la Ciudad
V ieja. Bajo ella, las torres iluminadas de la catedral de San V ito
resplandecían en un mar de luces centelleantes. Con los ojos, si es que
todavía tenía ojos, contempló l a suave pendiente que descendía desde la
colina del castillo al corazón de la capital de Bohemia, mientras
sobrevolaba el laberinto de callejuelas serpenteantes que, en esos
momentos, estaban cubiertas por un manto de