Y de ahí se salta a la química: la dopamina, la serotonina, quizá la oxitocina si la experiencia se intensifica lo suficiente. La “belleza” de la piedra deja de ser una experiencia y pasa a ser un efecto secundario de reacciones neuroquímicas.
Incluso el “enamoramiento” de la piedra —esa sensación absurda pero real de querer seguir mirándola— se explica como un patrón: el cerebro detecta novedad, activa circuitos de recompensa, refuerza la atención. No hay misterio, solo mecanismos.