Había una vez, en un pueblo recóndito enclavado entre montañas brumosas, un joven llamado Elías que vivía en una casa antigua heredada de sus abuelos. La vivienda, de apariencia vetusta y ligeramente lúgubre, estaba llena de pasadizos secretos, muebles carcomidos por el tiempo y un silencio casi sepulcral que parecía susurrar historias olvidadas.
Elías era un muchacho introspectivo, propenso a la ensoñación y dotado de una curiosidad insaciable. Pasaba largas horas explorando cada rincón de la