El despacho olía a poder.
Valentina Greco lo supo en el momento en que cruzó las puertas de cristal del edificio Morreau, ese monolito de acero negro que dominaba el skyline de Buenos Aires como si el resto de la ciudad le perteneciera. Porque, de alguna manera, le pertenecía.
Todo le pertenecía a …
El despacho olía a poder.
Valentina Greco lo supo en el momento en que cruzó las puertas de cristal del edificio Morreau, ese monolito de acero negro que dominaba el skyline de Buenos Aires como si el resto de la ciudad le perteneciera. Porque, de alguna manera, le pertenecía.
Todo le pertenecía a Alexei Morreau.
Ella ajustó la carpeta contra su pecho y respiró hondo. Treinta y dos pisos. Eso era lo que la separaba del hombre que había destruido la empresa de su padre con una sola firma. Treinta
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