CAPÍTULO 1: LA RUTINA Y EL PERRO
Cada mañana salía a la misma hora. Saludaba a los mismos vecinos. Caminaba las mismas cuadras. Y, sin embargo, nada era igual dos veces. Porque las personas nunca eran una sola cosa; cambiaban según las circunstancias, como si cada día se probaran una máscara distinta antes de cruzar el umbral de la puerta. Una máscara de "buen ciudadano" que a veces se les resbala un poco, dejando ver la costura.